32 años después estar en la desaparecida Txiki-Erdi, volvemos en Jueves Santo de sidrería a Oiartzun, estrenándonos en Ordo-Zelai.
Asistentes: Iker, Josetxu, Edu y Nesss
Sobre la comida, destacamos negativamente las servilletas de papel. De aperitivo, cuatro trocitos de txistorra, quizá demasiado fina y turrada. Luego, una tortilla de bakalao jugosa que no está mal, y más tarde una bandeja de bakalao frito regulero bajo una montaña de pimientos verdes (según Edu, faltaba algo más para adornar, ajo, cebolla, algo); Iker ganó en la cuenta de espinas, Edu y Nesss empataron a dos, y Josetxu, como ya demostró en anteriores ocasiones, sigue sin dejar ninguna en su plato (o no le tocan o se las come). Tras la pausa solicitada para beber tranquilos sin que tengamos comida enfriándose, nos sacan un txuletón ya cortado que estaba muy rico, por lo que decidimos pedir un segundo txuletón; nos avisan que no entra en el menú (¿qué menú? no sabíamos ni vimos en su web que tenían menú) y se cobrará a 38 €/kilo. Damos el ok aunque luego resultó no estar ni la mitad de rico ni de aprovechable que el primero, demasiado tocino y esquinas. De postre, queso, membrillo, y las nueces justas, que no sobró ninguna; pedimos a la camarera más pan pero, como nunca llegó, cogimos el cesto casi entero de la mesa de al lado. En total, fueron 4 menús de 45 euros cada, más los 38 euros del segundo txuletón: 218€ (54,50€ cada), demasiado para lo que comimos y para no haber ni un txotx. Imposible no compararlo con la sidrería de hace dos días, donde comimos y bebimos mucho mejor y pagamos menos.
Entre las kupelas abiertas, destaca la sidra de la 2, que está fuera y más al fresco, y es donde más rato estamos aunque chispeaba (con algún bilbaino en manga corta). Disfrutamos con la oveja glotona que se metió tres biberones de leche y con la perrita que la camarera sacaba fuera del comedor pero que volvía a entrar con nosotros; Edu dice al camarero que la perrita rechazó la sidra que le daba con la mano y el camarero airado le responde que traiga a sus hijos para darle él licores, a ver qué le parece; en fin, tampoco hay que ponerse así...
Fuimos una vez más los únicos que comimos de pie; al principio la camarera del local volvía a colocar uno de los bancos que movimos para estar de pie. La primera sidrería al mediodía de Iker con nosotros. El ambiente, muy variado, con la sidrería alrededor del 60-70% de ocupación: familias con madre cumpleañera en la mesa de al lado, familia con los hijos tomando varios tipos de cocacola por otro lado, cuadrillas de jubiletas por otras partes (quienes, con la excusa de no forzar las articulaciones, llenaban jarras de sidra para no levantarse cada uno con su vaso), alguna cuadrilla, alguna pareja y alguna pareja de siniestros que no separaban la vista cada uno de su móvil (discutimos si eran pareja o padre/tío con hija/sobrina) pero no les oimos nunca hablar entre ellos, ni casi mirarse, con tanto móvil. Conseguir bolsa para recoger los huesos para el perro de Iker cuesta un triunfo porque parecía que solo había una camarera para todo el comedor, y quizá por ello no nos avisaban cuando salía la comida, que siempre nos pillaba fuera; la única vez, más que avisarnos, la jefa nos recriminó que no estuviéramos comiendo la segunda txuleta. Juntándolo todo, la verdad es que nos va a costar volver.
Además de no publicitar precios de menús, tampoco indican hora de cierre de kupelas, quizá porque no tienen. Hacia las 17:25 pedimos la cuenta, pagamos y nos vamos sin ser los últimos en salir del local. Alli seguían los jubiletas, que ya estaban antes de llegar nosotros, quizá de nuevo la vieja excusa de que las rodillas no funcionan, qué pájaros.